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sábado, 21 de diciembre de 2013

Esperando la lluvia debajo de un poema


Los que esperan la lluvia debajo de un poema.    
Quienes hacen de la tristeza una libertad
que cabe solo en un nombre.
La paz juega a comprometerse adonde no la llaman
por eso estoy tan deforestado
impropio, como el dogma de los desesperados
lleno de ropa del pasado
sin cuerpos, sin manos para quitarlas, simple, llano.
Soy la brújula en el tiempo de nadie.
Otra forma de auxilio crece en la página en blanco
también las letras se crucifican
en el puente de los enamorados.
Algo muere en medio de la frase:
Confieso que te he amado
Si se te da por quebrar las copas.
Hazlo.
Que los faros del olvido encienden
al contrario de quien los necesita.
Riega las flores con vino
toca en el piano, si es posible
La canción de los desesperados
La angustia mueve más que la capacidad
por eso somos un paisaje hecho a manos rotas.
Cuando nos desploman las letras del final de la película 
e inundan la casa de un silencio de voces prestadas
y uno no es uno
sino un impostor en primera persona.
Luego el sax no perdona el lado blando del alma
me toca, nos toca; algo debe de estar herido
porque la sangre y las lágrimas no se equivocan.
De aquí me marcho porque la usura
arremete siempre en  noches de frío malintencionado
y no tengo más que un escudo, un verso, una bandera
y los ojos dilatados del gato que no esta.
Supongo las estaciones de tu piel
como brazas de invierno 
dándole a tu mente el luto de una promesa sin cumplir.
Me resumo, por no contarme en ti
la bastedad solo se encuentra en quienes
conocen la inmensidad de lo preciso.
Por eso, por todo eso
me bastará tu última verdad
aunque recuerda compañera
en el infinito 
lo más 
y lo menos
están 
de más.

Wilfredo Arriola  de  Insomnio: Las horas que marcaron un final.


jueves, 29 de agosto de 2013

Abandono



La casa me abandona
yo no tuve el valor de hacerlo por ella.
Me persigue la sombra de sus sillas
el alegato después de una noche de insomnio
no podría partir así
partirme
como se parte la luz al cerrar una puerta.
Debo en mi licor de la palabra
permanecer desentendido
ese no asumir mi estancia
adonde tantas veces sude tu ausencia.

La casa cuenta sin mí
como dando golpes con su viento
entre su techado
entre el cerrojo
frontera de las decepciones.
Mas no hay nadie
ni paredes adonde poner cuadros
que relaten mi sensibilidad
mi ojo herido
la vanidad de la permanencia
el tic tac del corazón.
Presumo en mi humanidad
el delito de abandonarme
de saberme rozado de balas
de describirme desnudo
al pie de cualquier salón donde soy ajeno
ajeno sin tierra para el deceso
sin la tenaz hoja de tu verano.

Abandono el árbol
que no plante
en ningún cuerpo
suficiente es ir por la vida
tan lleno de culpas
sabiéndome
apátrida
casi sin mí
casi sin nada.
Me sobra una excusa
que no podrá encontrar una casa
para poder contarse
como yo quisiera.
La casa me ha abandonado
justa razón tiene.



Wilfredo Arriola

De Insomnio: Las horas que marcaron un final